Caminaban y sonreían, si ellos mismos se vieran desde afuera podrían llamarse patéticos, absurdos y envidiables, pero en ese momento las aceras eran exageradamente cortas, las plazas minúsculas y el mundo una transparencia ínfima, un resto de algo inconcluso que estaba por debajo de sus pies, por debajo del contexto que los enmarcaba, incluidos sus pasados, incluidos sus presentes afincados en la espalda, que ya no ardían, que ya no pesaban…y allí, en medio de la plaza Jimenez, acompañados de otros pocos seres que no estorbaban, escuchando el soplo del viento enredándose en los arboles inmensos que rodeaban la pequeña fuente escondida, en medio de una quietud maravillosa que los complementaba, él, abrazándola, con su rostro tan cerca que sentía su olor, como una arrolladora ola de placer indescriptible, con cada poro inmerso en ella, con los sentidos más que jamás vivos, alborotados y en armonía, con todo, con ella, con la fuente, con los arboles, el viento, el silencio, con él mismo, con su mano en ella, mitad en tela, mitad en piel, tocando delicadamente con su pulgar sumiso lo expuesto de su cintura dejada arriba de la falta, fría, lisa, excitante, grandiosa y deleitante, mientras ella, con los brazos extendidos sobre él lo abrazaba, se acercaba poco a poco uniendo sus perfiles, en una danza serena que garantizaba nunca disolverse en el tiempo, que para ella era un trozo de la maravilla de cada segundo que la abordaba en conjunto con él, donde se dejaba de lo invisible para hacerse toda ella el absoluto del absoluto, de esa unión ornamentada con una noche esplendida, dirigiendo su mirada a lo que la encuadraba, admirada por lo que apreciaba, la trinitaria arrojada salvajemente sobre una inmensa puerta de madera precedida por la plaza callada, el artesano solitario sentado en la escalera dibujando aquel cuadro de la noche, un yesquero abandonado en aquella banca blanca, cerrando sus ojos y recostando su rostro a su hombro, meciéndose en el aire sin mover los pies, elevándose sin elevarse, como si él la protegiera y fuera su refugio eterno, sintiendo el placer desbordándose de tal manera que irreconocía cualquier muestra de tristeza o desanimo, en realidad no tenía espacio para pensar en algo más que ese trozo de cielo desprendido para ella, ese regalo de la vida que asumía para sí, de la vida que venía de ella y seguía siendo ella, y mientras, sus manos se abrían en la espalda de él, sintiéndose recibidas, pequeñas y calientes, su garganta se encogía al determinar la complacencia que recorría su cuerpo difuminado en todos los tonos dispersos y unidos para ella, al ser quien optaba por hacer de ese momento un firmamento terrenal que la absorbía, que se la comía al dar leves pasitos en el mismo sitio, al levantar su rostro y juntarlo al de él y sentir su piel, llena de lo mismo que la llenaba a ella, extasiada de la sencillez que los bordeaba, de lo introvertido del lugar, de la luna llena casi imposible de creer, de él buscando su boca con los labios nerviosos, los de ella rojos buscando los de él, en ese momento lleno de miles de palpitaciones súper humanas para ambos, el beso, encontrando ser encontrado, intenso, más que intenso, partiendo de ambos una emoción que desgarraba cualquier idea de dolor o de confusión, de soledad, depresión o angustia, ni con ellos, ni con el mundo, ni con nada porque no había nada más, una sensación que los volvía seres fuertes, llenos de energía reciproca que buscaba desesperada pero sutilmente rebosar aquella plaza; y el cabello de ella jugaba a involucrase, mientras él tomaba su cuello por un lateral abrazando con su mano su cabeza y sintiéndola más en él, y ella, respiraba fuerte mientras las lenguas se cruzaban y los labios se fundían uniéndose una y otra vez, lento lento e intimo, besos largos, silencios y abrazos, mas besos, mas pasión y las manos delicadas de ella acariciando su cuello arropado por el suéter que intentaba cubrirlo, las de él bordeando ya su cintura de diosa y abiertas estrujándola hacía él, que le recordaba lo que era adorar, y que la adoraba, y ella, amando aquel viento que celebraba el encuentro y jugaba a mover su falda, amando la luz agazapada, amándose ella por sentir aquello y observándolo a él, complemento perfecto.
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EliminarDecir algo es romper el momento... por unos instantes he sentido como me invadía una especie de nube y todo se difuminaba, solo las ansias de llegar al final y terminar tus letras han evitado el posible desvanecimiento, aunque aún sigo ebrio, como borracho, empapado en alguna sustancia, me asombra la facilidad de la descripción y la hablilidad que posees de transportarnos a otro espacio y tiempo... gracias... perdoname, de verdad, por romper ese momento...
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