Dando ese paso lento y fugitivo, bajo ese cielo empañado por el gris de mis lentes q lo volvía mas gris, entre gris y marrón, como ese color miel amor que tanto detesto. La lluvia venía sin piedad, no le importaba que yo estuviera allí tan impaciente de aceras secas para clavar mis pensamientos en sus huecos del tiempo. Y se soltó sin freno, gota a gota entendí que no era mi destino esa caminata hacia la muerte. La muerte estaba ya allí, encima de mí, encima como el cielo cargado de agua. Ya no era necesario un camino para darle pie al desenfreno como otras mil veces. Mientras mi mirada se perdía en el sonido de aquel infinito de mi ser, mi ser, atormentado, acosado por el oxigeno, cansado, agobiado y rendido, se desmayo en una lagrima que duro todo el tiempo que restaba de existencia. Me congelé entonces. No había nada que pudiera hacer. El mundo se detuvo y vomite sobre el todo lo que me atragantaba. Por fin pude encontrar una estancia sin alma para recostarme un segundo frío y solitario. Y seguía el puto color miel, pero esta vez sin lluvia y sin sonidos, sin aceras secas o mojadas, ya no habían deseos de caminar, ya mis pies no importaban, solo estaban allí como el resto de mi cuepo sostenido. Y sin entender tomé el bus. La lluvia ceso ahí adentro. Donde me conseguía con todas esas historias desconocidas y fantásticas para mí. Sentada de nuevo, sola, húmeda y confusa me bajé y llegué a mi seco destino. Busqué calor y me quedé dormida despierta, despierta dormida, dormida y perdida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario